domingo, 11 de agosto de 2013

De sus montañas a mi locura II



Abrir la puerta y sentir ganas de ir al baño tras el esfuerzo, fue todo uno. Pero, Costantino había decidido que si Gandhi se alimentó de su orina, él se bañaría en su micción sin prestar atención a otra loción.
De repente, una voz femenina le hizo girarse, lo que lo llevó a dibujar en el suelo un gracioso caracolillo.

—Perdone, don Costantino. ¿No se lleva su equipaje?
—¡Dónenlo a la Ciencia! Junto con mi surtido de prótesis y mi colección de airgamboys. Por cierto…señorita…
Debería dejar de ponerse la ropa de su hermana pequeña, pues va a dar de sí esa camiseta. Y procure poner más atención cuando se vista, que se ha puesto ese cinturón tan ancho, pero se ha olvidado de vestir falda.
Mala memoria la suya, ¡le aconsejo que coma zanahoria! Quizás si leyera usted menos, y viviera más, le iría mejor. Se lo digo por experiencia.

Tras posar el ejemplar de la Cuore, los ojos de la peliteñida se agrandaron tanto que parecían querer emular a sus asiliconadas ubres.
Por fin había encontrado a un hombre al que le atraía su intelecto, y no sus entrecarnes. ¡Iba a ser la envidia de sus amigas cuando lo contara por tuiter!
Avergonzándose por primera vez de sus curvilíneas formas, deseó estar cubierta por un saco que la hiciera digna de que aquel prohombre de pantalones humedecidos –seguro que era el último grito en París– la sacara a pasear.

—¿Le llamo un taxi, señor Protea?
—No gracias. Iré paseando marcha atrás hacia mi casa; y cada 500 pasos me detendré a entonar el “Gaudeamus igitur” versión tutto castrati.
—¡Excelente idea me ha dado! Esta tarde tiraré todos mis tangas, me pondré una faja y empezaré a caminar en zig-zag por los pasillos de Novedades Eloina mientras busco una bata que me sirva también de gabardina.
Aquí tiene…

—¿Qué es esto?
—Mi tarjeta… con mis medidas, mi teléfono y dirección.
—¿En castellano?
—Pues… sí, claro. También en griego y francés.
—Lo siento. Por prescripción médica, de ahora en adelante sólo leeré en arameo. De hecho, ya ve cómo me estaba arameando un poco, para ungirme en la materia.
Pero, ya que la percibo tan letrada… Le diré que tengo pensado organizar al aire libre, los días que llueva, un club de lectura de tablillas de arcilla. ¿Tiene usted alergia al barro?



—Pues no. He luchado varias veces en él, y mi cutis lo ha agradecido.
—Muy bien… Pues entonces ya le mando un jilguero, que le dirá que la quiero ver… Si le apetece, invite a su hermana, ¡pero no se ponga su ropa!
Por cierto, ¿cómo se llama?
—Vanessssa. Pero puede llamarme…
—La llamaré Hipatia, por su alejamiento de la apatía. De vivir en una sociedad justa, nuestro ayuntamiento no tendría que tardar en bautizar una calle, avenida o circunvalación con tan preclara denominación.
Bueno, ahora tengo que dejarla. Le cojo prestado ese espejo para que oficie de retrovisor en mi marcha atrás.


Ad ipse momentum, Doctus doctorem Grúa ex sua consulta exit, et quis verbis dicit:

—Pero bueno, Costantino, ¿Qué hace usted aún aquí, plantado como un pino?
¿Y tú, Vanesa? ¿Por qué te has grapado un vestido de papel con los informes de los pacientes?
¡Esto parece una casa de locos!


DESPUÉS

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